Urbanismo como herramienta Biopolítica
- Ana Angulo
- 14 jul 2025
- 4 Min. de lectura
Cuando hablamos de biopolítica, solemos pensar en salud pública o control social. Como explica Michel Foucault en La voluntad de saber (1976) y en sus conferencias en el Collège de France, la biopolítica es el ejercicio de poder que regula la vida de las poblaciones a través de prácticas que gestionan cuerpos y comportamientos. Aunque Foucault no aplicó directamente este concepto al urbanismo, sus ideas han influido profundamente en cómo entendemos hoy el espacio público, el diseño urbano y la arquitectura como herramientas de control social y de salud colectiva.
Paola Viganó retoma y actualiza este enfoque en Giardino Biopolitico, donde propone que el urbanismo contemporáneo sigue actuando como un instrumento biopolítico, modelando el bienestar físico y mental de quienes habitan las ciudades.
¿Qué es la biopolítica en el contexto urbano?
En Giardino Biopolitico, Paola Viganò explora cómo el urbanismo puede entenderse como una práctica biopolítica, es decir, una forma de gestión de la vida a través del diseño del territorio y el espacio público. Viganò describe tres fases principales: primero, la ciudad como protección frente a la naturaleza y sus riesgos; después, la ciudad moderna, donde el urbanismo se convierte en un instrumento explícito para controlar la salud y la higiene de la población; y finalmente, la fase contemporánea, en la que la biopolítica urbana se relaciona con desafíos como el cambio climático, la salud mental y la sostenibilidad. A través de estas fases, Viganò propone pensar el jardín no solo como espacio verde, sino como símbolo de esta gestión de la vida en todas sus dimensiones, integrando naturaleza, salud, sociedad y ciudad en un mismo sistema.
Un claro ejemplo histórico de esta visión es la transformación de París bajo el mando de Haussmann en el siglo XIX: sus intervenciones urbanas no solo cambiaron la forma de la ciudad, sino que impactaron directamente en la salud pública. Al abrir bulevares, mejorar la ventilación y el saneamiento, la arquitectura se volvió una extensión de las políticas sanitarias. De forma paralela, el modelo de la ciudad jardín de Ebenezer Howard a finales del siglo XIX buscaba precisamente separar las zonas industriales de las residenciales, protegiendo a los habitantes de la contaminación y el deterioro físico, integrando además áreas verdes como elemento esencial de equilibrio urbano.

Más tarde, con propuestas como la Ville Radieuse de Le Corbusier, esta lógica de control biopolítico alcanzó una nueva dimensión: a través de grandes bloques de vivienda organizados por funciones, con amplias zonas verdes y circulación vehicular independiente, se buscaba crear ciudades altamente racionalizadas que optimizaran la vida social, la producción y la salud física de sus habitantes. Aunque nunca se construyó de forma literal, la Ville Radieuse dejó una profunda influencia en la planificación urbana moderna, mostrando que detrás del urbanismo siempre existe una intención de modelar el cuerpo social.
Salud mental y ciudad: el problema contemporáneo
Hoy, los desafíos han cambiado. En lugar de epidemias clásicas, las ciudades enfrentan un aumento de enfermedades relacionadas con el estrés y la salud mental. La OMS ya ha alertado sobre el crecimiento exponencial de la ansiedad y la depresión en entornos urbanos. Se estima que para el 2050, el 60% de la población vivirá en las ciudades, por lo que es crucial reconocer que el diseño urbano no solo define el espacio físico, sino que también modela patrones de comportamiento e influye en nuestra salud física y mental.
Japón ha integrado de manera formal el Shinrin-Yoku, o “baño de bosque”, dentro de sus políticas de salud pública desde la década de 1980, a través de la Agencia Forestal de Japón. No se trata solo de una práctica cultural, sino de una estrategia respaldada por evidencia científica, orientada a mejorar la salud mental y física de la población.
Actualmente, el país cuenta con más de 60 bosques certificados oficialmente como “Forest Therapy Bases”, con senderos y rutas especialmente diseñadas y señalizadas para realizar Shinrin-Yoku. Estos espacios son promovidos por gobiernos locales y utilizados en programas de bienestar laboral y salud preventiva.

Diversos estudios publicados en revistas como International Journal of Environmental Research and Public Health han demostrado que el Shinrin-Yoku tiene efectos medibles:
Reducción de los niveles de cortisol (hormona del estrés).
Disminución del ritmo cardíaco y la presión arterial.
Mejora del estado de ánimo y reducción de síntomas de ansiedad.
Por el contrario, cuando una ciudad es planeada sin considerar el acceso a vegetación, a la luz natural o a espacios públicos seguros, está afectando directamente en la salud de sus habitantes. La neurociencia nos confirma hoy que el entorno influye en la salud mental, la percepción, las emociones y el comportamiento, por lo que es responsabilidad ética de urbanistas, arquitectos y gobiernos integrar estos datos en sus decisiones. Por eso afirmamos que el urbanismo es una herramienta biopolítica: organiza la vida, regula las dinámicas sociales y afecta el bienestar físico y mental de la población.
Si históricamente el urbanismo ha servido para regular la salud física de las poblaciones, hoy sabemos que también puede modelar su bienestar psicológico. Por eso, pensar las ciudades desde el neurourbanismo es asumir que diseñar el espacio es diseñar las condiciones de vida de las personas. Ignorar esta realidad es perder una oportunidad para construir sociedades más saludables, equitativas y humanas.
Foucault, M. (1976). Histoire de la sexualité, tome 1 : La volonté de savoir. Paris: Gallimard.
Viganò, P. (2024). Il Giardino Biopolitico. Donzelli Editore, Italia.








“Neurourbanism” is often presented as if it were a new science, but in reality it does not exist as a recognized discipline; it is better understood as a hybrid discourse that borrows from several established fields without having its own theoretical or methodological foundation. Much of what it claims overlaps with environmental psychology, which has for decades studied how natural and built environments influence stress, behavior, and cognition. It also draws from urban sociology, which explains how neighborhoods shape belonging, identity, and social health, and from public health and epidemiology, which provide robust evidence on how urban form, green space, pollution, and noise affect population well-being. At the biological level, it relies on cognitive neuroscience, which can measure stress responses…
El llamado “neurourbanismo” suele presentarse como una nueva ciencia que explica cómo las ciudades afectan al cerebro y la salud mental, pero en realidad no existe como disciplina científica consolidada. Es más bien un término híbrido y mediático que mezcla neurociencia, urbanismo y psicología ambiental sin contar con un marco teórico propio, un método unificado ni resultados verificables de manera sistemática. Decir que “un barrio sin árboles aumenta el cortisol” o que “vivir cerca de zonas verdes reduce la depresión en un 30%” son afirmaciones que provienen de estudios correlacionales en contextos muy específicos, no de leyes universales. Además, reducir la complejidad de la vida urbana a estímulos medibles en el sistema nervioso es un reduccionismo peligroso: los barrios no…