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Psicogeografía: la ciudad modifica nuestro comportamiento


Hay ciudades que son fáciles de navegar, o digamos que nos invitan a entrar a ciertos lugares y a otros no. Es decir, lugares que nos reciben con calma, y otros que nos empujan a pasar rápido, casi como si nuestro cuerpo quisiera escapar antes de que la mente alcance a explicar por qué. A veces creemos que eso es intuición… pero en realidad es experiencia corporal, memoria, percepción, historia y también diseño.


Esto, con mi bata de psicólogo, me invita a observarlos desde la psicogeografía, una forma de analizar la ciudad desde la experiencia. Porque el espacio se vive caminando y dejando que nos guíe. De esto trata la técnica de la deriva, propia de la psicogeografía, que consiste en caminar por la ciudad sin un rumbo fijo, guiándose por las sensaciones, las atmósferas y aquello que llama la atención del entorno. Su objetivo es vivir la ciudad y entender cómo los espacios influyen en nuestras emociones y comportamientos. Estas experiencias se registran para analizarlas después en áreas como la sociología urbana y ahora en investigaciones de urbanismo.


Un movimiento político

para humanizar


La psicogeografía nace con el movimiento situacionista, en los años cincuenta, cuando Guy Debord empieza a cuestionar la ciudad funcionalista, esa ciudad pensada solo para circular, producir y consumir. Debord quería que la experiencia urbana volviera a ser consciente, vivida, sentida. De ahí surge la dérive, o deriva, la técnica que les compartí hace un momento, que busca caminar sin rumbo fijo, dejando que el cuerpo sea la herramienta de medición del espacio (Debord, 1958). Podríamos entonces analizar las ciudades preguntándonos lo siguiente:  


  • ¿Dónde nos detenemos sin darnos cuenta?

  • ¿Qué callejón escogemos para transitar?


Caminar y conocer un espacio es una de mis actividades favoritas, y con la visión de la psicogeografía, caminar, entonces, se convierte en un método de investigación (lucky me! ).


Años después, autores como Iain Sinclair retoman esto desde una mirada más filosófica, diciendo que caminar es como leer un archivo vivo, descubriendo capas de memoria, cicatrices urbanas, tensiones sociales (Sinclair, 2003). 


¿Ustedes creen que los urbanistas se molesten en caminar las ciudades antes de proponer diseños? ¿o trabajarán, como se acostumbra hoy en día, a trabajar meramente desde el cubículo y explorando en google earth?


La ciudad que sentimos…

y la que nos modifica


Colin Ellard, un neurocientífico cognitivo, ha abordado sus estudios en urbanismo, no solo desde la neurociencia cognitiva, sino desde la psicogeografía, lo que hace Colin es medir la complejidad de los edificios, es decir, que tan adornados están. En cuanto a la cantidad de fractales que tienen las fachadas de los edificios, esto lo hace a través de una fotografía de la fachada, que contrapone con una cuadrícula y ve la cantidad de líneas o cosas que suceden sobre cada cuadrante. Entre más hay, más complejo es. Esto lo acompaña de una entrevista con un grupo de participantes, pidiéndoles que califiquen que tan bonito creen que es, esto nos dará la valencia, es decir, si le gusta o no a la gente. Y para medir el arousal, mide la respuesta galvánica de la piel mientras experimentan el espacio, esto nos dará la activación del sistema nervioso. (Ellard, 2015).


Su aproximación dialoga con las ideas de Daniel Berlyne, quien describió las llamadas propiedades colativas del entorno, aquellas capaces de despertar curiosidad, investigación y exploración (Berlyne, 1960; 1974). La complejidad, la novedad, la incongruencia y la sorpresa generan en el cuerpo un conflicto sutil, pero perceptivo que nos invita a comparar, interpretar, comprender. Es decir, que nos ayuda a mantenernos vivos en el espacio.


Y entonces entendemos que el entorno también nos activa, nos estimula, nos regula.


Leer la ciudad

para poder habitarla


Jane Jacobs decía que la complejidad urbana es una forma de información. La diversidad de usos, las mezclas de personas, las texturas arquitectónicas, los ritmos distintos en una misma calle nos permiten leer el entorno y, con ello, entender sus oportunidades, sus riesgos, sus historias (Jacobs, 1961). Cuando la ciudad se vuelve demasiado homogénea, silenciosa, plana o excesivamente controlada, deja de hablarnos. Y cuando deja de hablarnos, nos deja de estimular... y de regular. Deja de darnos las pistas sobre qué hacer, cómo sobrevivir en el entorno.


Me parece importante conectar esta información con aquella del aislamiento social, que ha sido una constante en nuestras nuevas formas de habitar después de la pandemia. Nos acostumbramos a encerrarnos, a vivir conectados pero lejos (a través de la pantalla), y con ello a normalizar la desconexión física. Y desde la psicología sabemos que eso es dañino, hay estudios que comparan los niveles de estrés del aislamiento crónico con situaciones extremas.


¿Cómo se conecta esto con Jane? Hablando sobre la diversidad de ritmos, de personas, y de usos del espacio urbanos con los que uno se encontraba normalmente al salir de casa. Cuando era normal salir de casa...


Si pensamos en las Blue Zones, estos territorios donde las personas viven más tiempo y mejor, descubrimos que uno de sus factores clave no es solo la dieta o la genética, sino la convivencia diaria, la presencia constante del otro, el encuentro casual en la calle. Nada extraordinario, solo vida compartida. Eso también es psicogeografía: entender cómo el diseño urbano puede invitar a encontrarnos… o a escondernos.



El cuerpo como brújula


Pienso que, evolutivamente, seguimos buscando refugio y prospecto, seguimos buscando sentirnos protegidos pero con capacidad de observar el mundo. Por eso necesitamos poder leer el entorno, no solo con la vista, sino con todos los sentidos. Cuando el espacio nos impide leerlo (cuando es demasiado plano, demasiado incierto) entramos en un estado que yo llamaría “alerta suave”, es decir, no estamos en pánico, pero tampoco en calma. Es una vigilancia suave pero constante, lo opuesto a esa “soft fascination” de la que hablan los Kaplan, cuando el entorno nos invita a contemplar sin esfuerzo.


Recordemos que una de las consignas con las que inició la psicogeografía fue que podíamos usar el entorno para modificar la conducta de la gente, por ejemplo, para aislar o reunir sociedades. Hoy en día me gusta conectar esta consigna, pero dentro del área del urbanismo con el trabajo de Paola Viganó, que habla sobre el urbanismo como herramienta biopolítica, pero esto lo abordaré la siguiente semana…


Para cerrar, quisiera que quede claro que la psicogeografía nos puede dar otro tipo de mapas, diferentes a aquellos con los que los diseñadores del entorno estamos relacionado, mapas más psicológicos, que nos da información sobre lo que el espacio le hace al cuerpo. Y con ello, nos recuerda que si queremos diseñar mejores ciudades (más sanas, más humanas, más vivibles)  quizá el primer paso no sea proyectar… sino caminar a la deriva.



 
 
 

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