top of page
Buscar

La Psicogeografía: Un Camino hacia el Bienestar Urbano

  • Foto del escritor: Ana Angulo
    Ana Angulo
  • 29 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 27 feb

Hay ciudades que son fáciles de navegar. Nos invitan a entrar a ciertos lugares y a otros no. Algunos espacios nos reciben con calma, mientras que otros nos empujan a pasar rápido, casi como si nuestro cuerpo quisiera escapar antes de que la mente alcance a explicar por qué. A veces creemos que eso es intuición, pero en realidad es experiencia corporal, memoria, percepción, historia y también diseño.


La Psicogeografía: Una Mirada Reflexiva


Con mi bata de psicólogo, me invito a observar las ciudades desde la psicogeografía, una forma de analizar el entorno desde la experiencia vivida. El espacio se experimenta caminando, dejándonos guiar por nuestras sensaciones. La técnica de la deriva, propia de la psicogeografía, consiste en caminar por la ciudad sin un rumbo fijo, guiándose por las atmósferas y aquello que llama la atención del entorno. Su objetivo es vivir la ciudad y entender cómo los espacios influyen en nuestras emociones y comportamientos. Estas experiencias se registran para analizarlas después en áreas como la sociología urbana y en investigaciones de urbanismo.


Un Movimiento Político para Humanizar


La psicogeografía nace con el movimiento situacionista en los años cincuenta, cuando Guy Debord comienza a cuestionar la ciudad funcionalista, concebida solo para circular, producir y consumir. Debord quería que la experiencia urbana volviera a ser consciente, vivida y sentida. De ahí surge la dérive, la técnica que les compartí hace un momento, que busca caminar sin rumbo fijo, dejando que el cuerpo sea la herramienta de medición del espacio (Debord, 1958). Podríamos entonces analizar las ciudades preguntándonos:


  • ¿Dónde nos detenemos sin darnos cuenta?

  • ¿Qué callejón escogemos para transitar?


Caminar y conocer un espacio es una de mis actividades favoritas. Con la visión de la psicogeografía, caminar se convierte en un método de investigación. Años después, autores como Iain Sinclair retoman esta idea desde una mirada más filosófica, afirmando que caminar es como leer un archivo vivo, descubriendo capas de memoria, cicatrices urbanas y tensiones sociales (Sinclair, 2003).


La Ciudad que Sentimos y la que Nos Modifica


Colin Ellard, un neurocientífico cognitivo, ha abordado sus estudios en urbanismo desde la psicogeografía. Él mide la complejidad de los edificios, es decir, cuán adornados están. Esto lo hace a través de fotografías de las fachadas, que contrapone con una cuadrícula para ver la cantidad de líneas o elementos en cada cuadrante. Cuanto más hay, más complejo es. Acompaña esto con entrevistas a un grupo de participantes, pidiéndoles que califiquen qué tan bonito creen que es. Esto nos dará la valencia, es decir, si les gusta o no. Para medir el arousal, evalúa la respuesta galvánica de la piel mientras experimentan el espacio, lo que indica la activación del sistema nervioso (Ellard, 2015).


Su aproximación dialoga con las ideas de Daniel Berlyne, quien describió las propiedades colativas del entorno, capaces de despertar curiosidad, investigación y exploración (Berlyne, 1960; 1974). La complejidad, la novedad, la incongruencia y la sorpresa generan en el cuerpo un conflicto sutil, pero perceptivo, que nos invita a comparar, interpretar y comprender. Es decir, nos ayuda a mantenernos vivos en el espacio.


Y así entendemos que el entorno también nos activa, nos estimula y nos regula.


Leer la Ciudad para Poder Habitarla


Jane Jacobs decía que la complejidad urbana es una forma de información. La diversidad de usos, las mezclas de personas, las texturas arquitectónicas y los ritmos distintos en una misma calle nos permiten leer el entorno y, con ello, entender sus oportunidades, riesgos e historias (Jacobs, 1961). Cuando la ciudad se vuelve demasiado homogénea, silenciosa, plana o excesivamente controlada, deja de hablarnos. Y cuando deja de hablarnos, nos deja de estimular y regular. Deja de darnos pistas sobre qué hacer y cómo sobrevivir en el entorno.


Es crucial conectar esta información con el aislamiento social, que ha sido una constante en nuestras nuevas formas de habitar después de la pandemia. Nos hemos acostumbrado a encerrarnos, a vivir conectados pero lejos, a través de la pantalla, normalizando la desconexión física. Desde la psicología, sabemos que esto es dañino. Hay estudios que comparan los niveles de estrés del aislamiento crónico con situaciones extremas.


¿Cómo se conecta esto con Jane? Hablando sobre la diversidad de ritmos, personas y usos del espacio urbano con los que uno se encontraba normalmente al salir de casa. Cuando era normal salir de casa...


Si pensamos en las Blue Zones, esos territorios donde las personas viven más tiempo y mejor, descubrimos que uno de sus factores clave no es solo la dieta o la genética, sino la convivencia diaria. La presencia constante del otro y el encuentro casual en la calle son fundamentales. Nada extraordinario, solo vida compartida. Eso también es psicogeografía: entender cómo el diseño urbano puede invitar a encontrarnos o a escondernos.


El Cuerpo como Brújula


Evolutivamente, seguimos buscando refugio y prospecto. Buscamos sentirnos protegidos, pero también con la capacidad de observar el mundo. Por eso necesitamos poder leer el entorno, no solo con la vista, sino con todos los sentidos. Cuando el espacio nos impide leerlo, entramos en un estado que yo llamaría “alerta suave”. No estamos en pánico, pero tampoco en calma. Es una vigilancia suave pero constante, lo opuesto a esa “soft fascination” de la que hablan los Kaplan, cuando el entorno nos invita a contemplar sin esfuerzo.


Recordemos que una de las consignas con las que inició la psicogeografía fue que podíamos usar el entorno para modificar la conducta de la gente, por ejemplo, para aislar o reunir sociedades. Hoy en día, me gusta conectar esta consigna dentro del área del urbanismo con el trabajo de Paola Viganó, quien habla sobre el urbanismo como herramienta biopolítica. Pero esto lo abordaré la próxima semana.


Caminando hacia el Futuro


Para cerrar, quisiera que quede claro que la psicogeografía nos puede ofrecer mapas diferentes a aquellos con los que los diseñadores del entorno estamos relacionados. Mapas más psicológicos que nos brindan información sobre lo que el espacio le hace al cuerpo. Y con ello, nos recuerda que si queremos diseñar mejores ciudades—más sanas, más humanas, más vivibles—quizá el primer paso no sea proyectar, sino caminar a la deriva.


La conexión entre el diseño urbano y el bienestar humano es fundamental. Al comprender cómo los espacios influyen en nuestras emociones y comportamientos, podemos crear entornos que fomenten la salud mental y el bienestar. Así, la psicogeografía se convierte en una herramienta poderosa para transformar nuestras ciudades en lugares más habitables y enriquecedores.

 
 
 

Comentarios


© 2021-2026 by AKA Architecture. Powered and secured by Wix

Como afiliado de Amazon, gano comisiones por las compras que califiquen.

bottom of page