INDIA: Una experiencia para los sentidos
- Ana Angulo
- 22 dic 2025
- 6 Min. de lectura
(Una mirada desde la psicología y quizás desde la antropología)
Viajar a la India es algo que se atraviesa con el cuerpo. Y no lo digo en sentido poético solamente, sino literal. Desde el primer momento, mi sistema nervioso estuvo trabajando horas extra, podía sentirlo en acción. Ruido, color, calor, proximidad, aromas intensos. No hay filtros. No hay transiciones suaves. La India te recibe de golpe y de frente.
Como psicóloga y arquitecta, no pude evitar ver esta experiencia desde dos lentes: el de la antropología, que nos ayuda a entender el significado cultural de lo que vivimos y en ralación al objeto (en este caso la arquitectura), y el de la psicología, que nos explica qué pasa en nuestra psique cuando el entorno nos expone a tantos estímulos al mismo tiempo.
Un entorno que
busca activarte...
En muchas ciudades occidentales, diseñamos espacios con la intención de reducir estímulos: menos ruido, menos contacto, menos olores... En la India sucede lo contrario, no sé si por casualidad, o intencionalmente. El entorno no busca calmarte, busca activarte, conectarte, ponerte en relación con los otros.
Desde la psicología ambiental sabemos que el entorno modula emociones, atención y conducta (Gifford, 2014). En la India, esa modulación no apunta al control, sino a la intensidad compartida. El ruido no es solo ruido, es señal de vida social. Las calles de India pueden ser abrumadoras al inició, por todos los claxons que suenan sin dar un respiro de silencio. Me surgió la curiosidad y preguntaba a cada chofer que llevaba mis viajes en uber sobre el constante ruido de los claxon, y esta pregunta abría un tema de conversación al respecto que concluía que era más un tema de comunicación.
Este ruido puede ser abrumador al inicio, pero después de unos días, algo cambia,el cuerpo se adapta. El sistema nervioso aprende otro ritmo. Antonio Damasio nos recuerda que toda experiencia consciente comienza en el cuerpo, a través de sensaciones que luego se organizan como percepciones y emociones (Damasio, 1999). En la India, este proceso puede ser más evidente. Hablando del marcador somático de Damasio, puedo decir que en India, el cuerpo sule reaccionar antes de entender lo que está pasando.
El calor constante, por ejemplo, modifica el humor, la energía y la forma en que nos movemos. El ruido continuo eleva la activación fisiológica, pero también, al pasar de los días, normaliza cierto nivel de alerta, lo que nos comentaba David Kirsh sobre la adecuación, es decir como el cuerpo se acostumbra a los estímulos del ambiente, en veces hasta deja de percibirlos. Desde una lectura antropológica, esto tiene sentido, el cuerpo es un cuerpo situado en el entorno, moldeado por prácticas culturales, rituales y condiciones ambientales (Ingold, 2000).
Espacio público como extensión del espacio doméstico...
Algo que me llamó mucho mi atención —y que conecta mucho con México— es cómo la vida ocurre hacia afuera. La calle no es solo tránsito, como ocurre en otro tipo de ciudades occidentales, es cocina, comercio, conversación, rituales. El espacio público funciona un tanto como una extensión del espacio doméstico.
Esto rompe con la división moderna y occidental entre lo público y lo privado. En muchas culturas no industrializadas, o no completamente reguladas por lógicas higienistas y productivas, esta frontera es porosa, flexible y negociada diariamente (Low, 2017). La vida no se encapsula dentro de muros, pues se derrama hacia el exterior.
En la India, las personas cocinan al pie de la calle, conversan sentadas en el umbral de sus casas, duermen en espacios semipúblicos o incluso públicos, rezan en esquinas, venden frente a su vivienda. Ese espacio intermedio entre la casa y la calle tiene una importancia central, para entender la vida social del país.
Desde la psicología ambiental, sabemos que los espacios que favorecen la presencia social cotidiana fortalecen el sentido de pertenencia y reducen la percepción de aislamiento (Evans, 2003). Cuando la vida ocurre afuera, la interacción no es un evento planeado, es espontáneo. Esto tiene implicaciones para la salud mental. La interacción social frecuente, incluso breve actúa como regulador emocional. El espacio público vivido como extensión del hogar normaliza la convivencia, disminuye la soledad y refuerza la identidad colectiva (Cacioppo & Patrick, 2008).
En contraste, muchas ciudades contemporáneas han privatizado la vida cotidiana, nos movemos del espacio doméstico al automóvil, del automóvil a la oficina, de la oficina al automóvil, reduciendo al mínimo el contacto humano no programado. La India muestra otra posibilidad, donde el contacto es inevitable.
El cuerpo en la calle
Este tipo de espacio público implica una relación distinta con el cuerpo. La proximidad física entre personas, la superposición de sonidos, olores, temperaturas y ritmos de actividad configuran una experiencia sensorial intensa que no puede comprenderse únicamente desde una lectura funcional o visual del entorno. Desde la fenomenología y la antropología del cuerpo, esta condición se entiende como la de un cuerpo situado, como comentaba anteriormente, es decir, un cuerpo que aprende a habitar el mundo a través de la experiencia repetida, la convivencia cotidiana y la interacción directa con otros cuerpos y con el entorno material (Ingold, 2000; Merleau-Ponty, 1945).
En este sentido, la calle, y por extensión la plaza, el mercado o cualquier otro espacio público activo, es un espacio aprendido corporalmente. No se “usa” de manera instrumental, sino que se habita. Esta habitabilidad se construye a través de la repetición, caminar las mismas rutas, reconocer sonidos familiares, anticipar encuentros, adaptarse a la densidad y al movimiento. El cuerpo incorpora estos patrones espaciales como saber tácito, generando una forma de conocimiento no verbal que se traduce en orientación, confianza y pertenencia. Esta fue mi reflexión del taller impartido por David Kirsh, dónde teníamos que caminar por el centro de la ciudad, privandonos de algún sentido (olfato u oído, por suerte no de la vista), una de mis observaciones, fue ver como Komal (una amiga local) se movía con tal facilidad por el entorno, por el que el resto de participantes foráneos, batallábamos para dar cada paso.
Galen Cranz nos habla sobre esta idea al señalar que los espacios públicos exitosos son aquellos que permiten una relación activa entre cuerpo, mente y entorno, donde la experiencia no está excesivamente controlada ni neutralizada. En sus estudios sobre prácticas corporales, Galen argumenta que la vitalidad del espacio emerge de su capacidad de ser desafiante, de ofrecer estímulos múltiples que invitan al cuerpo a adaptarse, responder y participar, aquello que llamamos "affordances", es d ecir, potencialidades del espacio.
Carina Rose, desde una perspectiva que cruza diseño, danza y experiencia encarnada, enfatiza que el aprendizaje espacial ocurre a través del cuerpo. En su presentación, Carina subraya que los entornos construidos o naturales enseñan constantemente cómo movernos, cómo detenernos, cómo negociar el espacio con otros. El espacio público, entonces, actúa como un dispositivo pedagógico informal, donde el cuerpo aprende límites, ritmos y posibilidades de acción. Esta dimensión corporal del aprendizaje urbano resulta importante para entender por qué ciertos espacios generan arraigo y otros producen rechazo o desconexión.
La habitabilidad se vincula con la capacidad del espacio para sostener prácticas corporales diversas, permitir encuentros no programados y tolerar cierto grado de incertidumbre. El cuerpo que habita estos espacios se vuelve más competente en la lectura del entorno, desarrolla sensibilidad social y construye memoria espacial. Esta memoria, acumulada en el tiempo, es la base del arraigo, una forma de pertenencia que no depende exclusivamente de la identidad cultural o simbólica, sino de la experiencia vivida y sentida. Como comentaba en una conversación con Meghal Arya y Javiera Mesa, manejar en India, desarrolla tu visión periférica.
Un paralelismo con México
Este fenómeno no es ajeno a nuestra cultura. En muchos barrios mexicanos, la banqueta también es extensión de la casa, se sacan las sillas, se conversa con el vecino, los niños juegan, la comida se comparte.
Paola Viganò (2024) habla de la ciudad desde una dimensión social, que se aborda en el urbanismo desde un campo de emancipación, donde los espacios intermedios son los verdaderos articuladores de la vida urbana Paola nos habla de la solidaridad territorial.
Desde el diseño, esto nos obliga a replantear lo siguiente:
¿Qué potenciales le damos al espacio público?
¿Diseñamos solo para circular o también para permanecer?
¿Reconocemos el umbral entre el espacio público y doméstico?
Creo que me pararía en la última pregunta y profundizaría en entender el espacio público como extensión del espacio doméstico, quizás esto implica diseñar para la vida diaria, es decir, en pensar en la mezcla de usos y la apropiación espontánea como indicadores de vitalidad urbana.
















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